sábado, 24 de febrero de 2018

Dedicado a Marimar, por su valentía.

El tema que ha estado en la palestra, desde hace un tiempo, es el abuso sexual que sufren, mayoritariamente, las mujeres de cualquier edad, condición social o económica o profesional. Los agresores son hombres, aunque también participan mujeres que quieren acceder a los círculos de poder; muchos de ellos subidos en el eslabón de docente, cura, pariente mayor, autoridad administrativa o de lo que sea, etc. Utilizan ese poder, combinación de algunas de las características anteriores o simplemente el de ser hombres en una sociedad que educa en la falta de respeto y el placer de humillar.

La educación viene desde el nacimiento, o incluso antes. Se da a través de las palabras con las que nos dirigimos a niños y niñas en todo momento y circunstancia; de la manera en que nos referimos a otras personas, de la familia o no, para calificarlas, valorarlas, desacreditarlas. Tenemos estereotipos que aprendimos viendo las películas más viejas del cine nacional, pero también del internacional y, aunque los chicos no las vean, se los transmitimos vía el curriculum oculto a veces en contradicción con el explícito. Olvidamos que se aprende más de un ejemplo que de una lección. Y crecen rodeados de estos ejemplos.

Están en los premios que otorgamos por comportamientos que favorecemos y en los castigos para los que queremos eliminar. Pero también la música que escuchan a través de la radio y los altoparlantes, en casa o en la calle, lo que ven en los diferentes medios de comunicación y las redes. Lo que no hacemos es detenernos a dialogar con ellos sobre los significados y las implicaciones de todo eso que entra a un cerebro en formación, a una conciencia en construcción, a una moral en desarrollo.

Luego están los que habitan en el entorno de cada chico o chica: familiares y amigos, los personajes en la escuela -directivos, maestros, compañeros y personal de servicio de todo tipo. Cada uno trae su propio cargamento de estereotipos y de etiquetas para asignar a los demás. Sobre lo que se haya construido y se refuerce en casa, en el entorno más cercano, puede ser que los comentarios y mensajes indeseados resbalen dejando apenas una noción de alerta, o que se incrusten para reforzar una estructura mental deficiente.

Educar en el respeto no es sencillo, me queda claro. En contra de todo lo que uno hace está esa sociedad con sus prejuicios y etiquetas, con su mala concepción de moral en términos religiosos y moralina, que son más que anacrónicos y sin sentido. Uno puede robar y mentir, pero si va a la iglesia en domingo se convierte en una persona con valores, pero no robar ni mentir y no ir a la iglesia es sinónimo de falta de moral, me instruyeron las maestras de mi hijo que dejaba la pubertad. Y muchos más ejemplos personales y recogidos en todas partes.

Dicho lo anterior, para mí es claro que cualquiera que haga uso de su poder como docente, cura, autoridad administrativa, etc. para humillar, someter, restar dignidad, aprovecharse y abusar de una persona, peor cuando se trata de estudiantes que todavía no entienden dónde y cómo marcar los límites, debería ser exhibido y expulsado del núcleo desde el que hace daño, para comenzar.

Parte del problema es aprender desde muy temprano dónde se encuentran esos límites.
Como directora del  Departamento de Ciencias y Humanidades del Campus León, y con el apoyo de mi director, Hugo Millán, pusimos alto a los abusos verbales y conductas no deseadas de tres personas que se desempeñaban como docentes. La denuncia de una alumna muy valiosa nos alertó y comenzamos a observar los comportamientos fuera de las aulas y a dar seguimiento a lo que pasaba dentro de ellas.

Un maestro o maestra, o cualquier otra persona, no tiene ningún derecho a preguntarme si soy virgen o no, a sugerir que me vista como mujer para verme bonita, a decir que un estudiante (hombre o mujer) tiene buenas pompas o pechos, a sugerir que le envíe fotos o a compartir fotos tomadas a algunas estudiantes incautas ni a alentar a los compañeros para que me digan "piropos" o me "hagan el favor". Todo eso debería estar en la lista de síntomas de que algo anda mal con la persona que lo hace abusando de su autoridad o posición.

Y sé que, aún así, soy demasiado ingenua como para prever otras conductas. Sé también que hay contextos sociales y económicos donde estas conductas son la norma y que me llaman escandalosa si los denuncio; que sugieren que los vea como bromas que no hacen daño. Me vale. La dignidad de cada persona debería estar encabezando cualquier lista de derechos. Esa dignidad se fomenta desde la casa y la comunidad entera. Y es tarea de todos hacerla valer.

Para decidirse por la docencia, según Amiel-Lebigre y Pierre Pichot, en el tratado editado por Debesse y Mialaret*, hay motivaciones negativas, positivas e inconscientes, por lo menos. Detectar los signos en cada caso, es tarea de los que reclutan.






Es uno de los 8 volúmenes que conforman esta colección, publicada en 1978.



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